Ha acabado el primer decenio del siglo XXI y hemos alcanzado nuestro futuro. Como bien nos acaba de enseñar la tan inexacta ciencia de la economía, las profecías (no las hipótesis) pueden ser autocumplidas.
El desarrollo exponencial de las herramientas informáticas aunado con un asombrosamente persistente avance tecnológico ha permitido dejar a nuestras espaldas las utopías futuristas más osadas del siglo anterior. Pero para llegar hasta aquí también hemos acabado con la historia, vaciado el lenguaje de sus últimos significados, engendrado un tercer entorno y hemos sido testigos de lo desbocadamente atroz que aún puede seguir siendo el exánime capitalismo financiero. Hemos alcanzado nuestro futuro pero ¿podremos superarlo?
La arquitectura es sin duda una hija algo tardía pero fidedigna de la cultura que la engendró. Sus tiempos, si bien cada vez más reducidos tanto en concepción como en permanencia, nos permiten aún mantener cierta perspectiva para realizar un análisis certero que evite caer de nuevo en los mismos errores.
Los pólipos invaden nuestras ciudades, las burbujas ya no flotan ni se van con el viento, los prismas se han plegado y rasgado ahogando sus gritos bajo la máscara hierática de sus pieles, los hogares se disfrazan con ambigüedad inconsistente, la gestión pedantemente democrática nos increpa con azares chabacanos, alguna rancia resistencia se empeña en no abrir los ojos mientras el espacio se diluye en su propia imagen y la arquitectura se convierte en una sección de grandes almacenes.
No cabe ortodoxia en este tiempo convulso. Necesitaríamos un Foucault que en su arqueología futura predijera una taxonomía aún más inaprensible que Borges y su “cierta enciclopedia china”. Pero es precisamente esta ausencia de guía reconocible lo que homogeneiza la producción. Ya todo es otra cosa, ya todo lo mismo. Se derribó el paradigma moderno y el relativismo inherente a la postmodernidad la esterilizó en su teoría. La identidad individual no puede construirse más en referencia a un parámetro objetivo o, al menos, permanente; se ha diluido en un juego de dobles y triples negaciones que sólo permite la distinción por contraste, por diferencia. Al carecer la mayoría de las obras de un paradigma, alcanzan su ser gregariamente, por simple reacción a lo existente, lo ya-distinto. Se adopta entonces un comportamiento bursátil, donde la identidad/valor se estima por la cantidad de diferenciación/sorpresa, que no es unívoca ni permanente sino relativa y fluctuante, dependiendo de la tendencia instantánea, los rumores de lo porvenir y las revalorizaciones cíclicas; especulaciones en suma. La carencia de parámetros objetivos en la crítica hace de la arquitectura una disciplina sujeta a la moda.
En esta misma dirección nos lleva la incansable aceleración de los procesos en la sociedad actual, abocándonos a habitar un tiempo infinitesimal, repentino, donde sólo hay sitio para lo presente, sin memoria ni esperanza, cada vez más efímero en sí mismo. Este fenómeno descarna la arquitectura de su esqueleto teórico, su fundamentación primera, su apoyo frente a las contradicciones de la obra en el mundo, su coartada frente a la crítica (no profesional sino capitalista); de aquello que distingue la arquitectura de la mera construcción.
Si pervertimos el proceso científico clásico de hipótesis-verificación-tesis nos encontramos en la situación falaz de la propia autovalidación (más bien autofalsación). Recordemos que la arquitectura no puede permitirse el lujo de tener axiomas en tanto disciplina útil a la sociedad y, por tanto, que se niega a sí misma el autotelismo de las ciencias formales.
No obstante, en la práctica habitual la obra antecede al discurso, invalidándolo. Los proyectos nacen del vacío, bien por arbitrariedad ególatra, bien por ejecución burocrática, imponiéndonos su inapelable aseveración: “yo existo porque existo”, o si se prefiere “ego sum ergo sum”. Y si no, que venga Descartes y lo vea.
Ante este panorama de obras autorreferentes, cualquier genealogía moral queda desvirtuada y la arbitrariedad puede conformarse como un parámetro esencial en el proyecto. Una vez que el proceso de proyecto se ha desligado de cualquier atadura extrínseca, sus afirmaciones sólo deben ser válidas en su propio entorno, a su vez generado “ad hoc” para tales afirmaciones. Lo arbitrario es un virus inoculado por la aprensión al pensamiento, por la irreflexión en los actos, por el desprecio a la profesión y a los usuarios de sus resultados.
La conceptualización barata que ha heredado la arquitectura de los procesos teóricos del arte en la segunda mitad del s.XX la convierte en obra vacía cuyo único valor es para-sí, aislada en su retórica vacía, renunciando a formar parte de la sociedad como disciplina, no como objeto. Si la identidad se alcanzaba por un juego de negaciones, su validación es una cadena de tautologías que impide a la arquitectura cualquier posibilidad de escape de este pozo sin sombras donde se encuentra.
Asimismo reconocemos otro fenómeno que está vaciando la arquitectura de contenido aunque debería ser una fuente de nuevas posiblilidades: la consolidación del tercer entorno. Lo que más nos interesa de éste es que su virtualidad nos aboca a “habitarlo” únicamente de forma visual. La imagen todopoderosa se convierte cada vez más en nuestra realidad, asumiendo toda carga de significado más allá del entorno físico necesario para que ésta pueda existir (y de quien a su vez ella es signo). Como por un fenómeno gravitatorio la imagen adquiere progresiva y aceleradamente mayor carga ontológica. Ante esta situación los arquitectos nos hemos volcado con mirada miope a engendrar imágenes de arquitectura coherentes en lo virtual, pero desafortunadas y grotescas en lo físico. Los proyectos ya no son de arquitectura sino de imagen, son la infraestructura física necesaria para alcanzar la imagen que se ha vendido, sabiendo de antemano (y esto es lo que demuestra la contradicción) que esa imagen nunca se alcanzará de mejor manera que renunciando a lo físico y restringiéndonos a lo virtual.
La arquitectura es profunda, hojaldrado incluso, y no sólo por su fisicidad, sino porque trasciende su mera imagen, porque es un hecho que supera su propia apariencia y ser físicos para alcanzar un grado ontológico superior, completo, estructurado, ordenado en sí mismo y en relación a lo otro. ¿Qué queda de ello cuando lo único que perseguimos nosotros, arquitectos, es la imagen que esto proporciona? Exactamente, queda la imagen, nada más, lo plano, más allá, lo virtual, lo inaprensible, lo vacío en suma.
En esta producción descerebrada de actos pseudoarquitectónicos se pierde la profundidad que la obra exige convirtiéndose en imagen de sí misma, en signo vacío, en letanía autorreferente que ya no puede ser habitada sino consumida reduciendo al ser habitante a la anomia de la masa.
Hemos alcanzado nuestro futuro a base de mentiras y especulaciones. Lo que queda ante nosotros son los restos de los paradigmas agotados, ya estériles, pero nos refugiamos en una continua huída hacia delante, jugando a las mascaradas, negándonos a admitir que hemos apurado el cáliz hasta las heces. No hay más sentido, no hay más compromiso, no hay más coherencia. No hay obra.
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