PEQUEÑA REFLEXIÓN CRÍTICA SOBRE LA FUNDACIÓN CARTIER
La fundación Cartier puede considerarse un punto culminante en la obra del arquitecto francés Jean Nouvel. Construida en 1994, es la cristalización de muchas de las inquietudes que han llegado a ser recurrentes en la obra de este arquitecto. Más allá de su valor como hecho material, la Fundación adquiere gran importancia debido a las reflexiones que de ella pueden extraerse. El proyecto está claramente inmerso en las discusiones de la sociedad postmoderna de finales de los años ’80 y principios de los ’90, a saber, los debates sobre la definición/indefinición de la realidad, la desestructuración de la sociedad moderna y su devenir líquido, el desarrollo tecnológico y sus consecuencias en un entorno postpositivista; en resumen, el escepticismo y la inseguridad, el estado de crisis.
Para llegar a entender el alcance de esta obra hay que introducirse en las preocupaciones que tiñen los proyectos de Nouvel y así ser capaces de poner en su lugar la obra de la Fundación.
Lo físico y lo perceptivo
El postmodernismo en arquitectura, por coherencia con la sociedad en que se desarrolla, se basa en la imagen, en la connotación, más allá de lo físico del propio proyecto. Lo perceptivo ha suplantado a lo físico como motivo de proyecto. Durante la época clásica el lenguaje empleado tenía una lectura unívoca, de tal modo que aunque lo material fuese trascendido por su significado, había un sistema semántico unitario e ineludible, lo material era condición necesaria para su imagen. Ya en el s.XX el movimiento moderno hizo del material (de lo matérico) la preocupación básica de la arquitectura apoyado en una confianza en el futuro derivado tanto de las tesis positivistas de Auguste Comté como de la dialéctica marxista. En la sociedad postmoderna no hay cabida para la confianza, de todo se duda y no hay posibilidad de encontrar un lenguaje unívoco y universal como sistema para interpretar la realidad. De ahí la imagen como ontología propia. La materia ha dejado de ser fundamento para ser mera herramienta, a la realidad sólo se puede llegar a través de la peculiar interpretación de lo real. Ya no importa lo matérico sino lo que representa para nosotros, su imagen.
Jean Nouvel no trabaja con materiales sino con sus imágenes, el vidrio de la Fundación Cartier no tiene nada que ver con el vidrio límpido del movimiento moderno, ahora se maneja como herramienta generadora de percepciones confusas, como el mundo al que pertenecen. No hay certidumbres, no hay posibilidad de una percepción universal. En la Fundación se juega con los numerosos paños de vidrio para producir esos efectos ambiguos que no permitan reconocer exactamente la distancia entre dos objetos o su situación respecto al visitante. Desde el primer momento, el edificio nos acoge con falacias. La primera fachada no tiene nada detrás más que otra fachada y, aún así, viéndola desde cualquier punto no podríamos asegurar qué es lo que esconde. No estamos ante un edificio entendido programáticamente sino como imagen fáctica de un relato que hemos de ir (re)interpretando.
El parámetro con el que proyecta Nouvel no es la visión del espectador, eso provocaría un constreñimiento en las posibles percepciones que se aleja de sus convicciones en una realidad confusa, casi inaprehensible. Por el contrario, utiliza la memoria de espacio del visitante. En la sala de exposiciones de la planta baja el usuario entiende que está en el interior del edificio porque hay una cierta climatización pero la transparencia de los vidrios hacen que perceptivamente no esté más alejado del jardín que si estuviera al otro lado de la fachada, en las plantas superiores los trabajadores conocen la posición relativa de sus despachos en relación al núcleo de comunicaciones pero las múltiples imágenes veladas y reflejadas de sus compañeros no les permiten asegurar en qué lugar se encuentran aquellas figuras que ellos perciben.
La Fundación Cartier es, en ese sentido, un relato que se relee tantas veces como se visita. Ya no se entiende la Historia como un relato lógico unitario, el tiempo pasado_presente_futuro ha colapsado en un presente continuo cuya redefinición es su esencia misma respecto a los numerosos presentes vividos o por vivir (que no conforman sino un único presente, un único relato con escenas memorizadas y otras futuribles) Nouvel busca la indefinición espacial a través de la confusión perceptiva como requisito para la presencia continua de su proyecto en el tiempo.
Superficie/Interfaz
“Por su densificación
el límite deviene volumen”
Jean Nouvel
Tradicionalmente la superficie se entendía como aquello que limitaba un volumen u objeto de su entorno. Para ello habría que tener constancia de la existencia del objeto en sí más allá de su propio entorno, una especie de ontología autónoma. El problema es que sólo podemos definir el objeto y su entorno a partir de la percepción que tenemos de ellos. Si hacemos que la percepción de un mismo objeto sea diferente en cada instante entonces habrá una suerte de indefinición del objeto y su diferenciación del entorno. La interfaz es aquella superficie que delimita dos sucesos diferenciados entre los que no se puede establecer una relación física constante. Las telecomunicaciones han “aplanado” el planeta hasta convertirlo en una sucesión de interfaces que eliminan las distancias, los objetos ya no son definibles cartesianamente por el mero hecho de que podemos tener percepciones tridimensionales de objetos planos o percepciones simultáneas de lugares distantes en el planeta. Las distancias se relativizan, los límites se difuminan, la superficie se sublima en interfaz.
Nouvel no ha construido paños de vidrios, ha superpuesto interfases de tal modo que la profundidad supuesta de nuestras percepciones sean las que den el volumen a su edificio. Las superposiciones, las transparencias y refracciones son herramientas para excitar nuestra percepción, para generar diferentes fundaciones en un mismo edificio material. Ante una superficie homogénea en el tiempo caben un número limitado de percepciones (realidades) pero si incluimos el factor tiempo en la ecuación, los resultados son innumerables. El edificio de la Fundación Cartier nos quiere mostrar lo equívoco (¿respecto a qué?) de nuestras suposiciones, quiere evidenciar su multiplicidad a partir de un solo hecho material.
La estética de lo ausente/desmaterialización
“El ojo no ve cosas sino formas de cosas
que significan otras cosas”
Italo Calvino
Cuando la imagen toma más importancia que lo material, se busca la percepción misma sin preocuparse de qué la genere. La estética de lo ausente es la estética de la percepción pura. En la Fundación podemos encontrar un proceso de desmaterialización del edificio con la voluntad de crear ambigüedades perceptivas de manera que no se entienda fácilmente qué es lo real de nuestra percepción y qué lo agregado por nosotros mismos. El modo en que el volumen de la Fundación se va desestructurando desde el espacio de oficinas claramente cerrado pasando por la sala de exposiciones con dimensiones mucho más amplias y una relación visual más directa con el entorno, la fachada del volumen que supera los límites laterales para ocultar las escaleras de emergencia produciendo así mismo una sensación de continuidad más allá de su propio límite (como la representación parcial de un plano que se supone infinito) hasta la falsa fachada de la alineación a calle, una mínima lámina de vidrio que no contiene nada más que a sí misma pero cuyo condicionamiento de la percepción da cada una de sus caras es capital para el proyecto; todo ello sugiere una voluntad de desmaterialización del proyecto para hacer vivir al visitante en un espacio ambiguo, difícilmente definible. Se perciben límites pero no su modo de traspasarlos, se está dentro y fuera a la vez, uno se encuentra en el interior sin saber en qué grado o en el exterior sin ser capaz de adivinar cuándo se convertirá en ese interior en que no está.
Lo ausente no es la inexistencia sino la incapacidad de definición, la inseguridad de su existencia a pesar de su percepción. Lo material se diluye y parece quedar en un estado de plasma que todo lo contamina. El edificio no se erige, cristaliza.
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